Cuatro Letras

Mi primo está pasando la resaca de una pequeña enfermedad que más o menos todos hemos sufrido en alguna ocasión.  A su edad es un mal muy grave pero poco peligroso que se resume con cuatro letras, amor. Ya, ya sé lo que están pensando, pero tengan en cuenta que mi primo tiene 19 años. Hagan un ejercicio de memoria, piensen en las cosas que hoy en día nos hacen ruborizar pero que hicimos cuando aún éramos imberbes por amor. Piensen en las noches sin dormir, en las horas con la mente perdida, en las veces en las que montábamos castillos en el aire, en todas las cosas tontas que hicimos y dijimos…

Lo sé, es la única manera de aprender, a base de equivocarse, corazones rotos y malos ratos. Pequeños errores que se repiten una y otra vez a lo largo de la vida y es que, a diferencia de los animales, los seres humanos tropezamos una y otra vez con la misma piedra. Pero lo bueno, o lo malo, según se mire, es que uno se va curtiendo hasta que llega el momento en el que ya ni mueres ni matas por amor.

Hollywood le ha hecho mucho daño a nuestra sociedad. Las niñas y niños de hoy descubren, y ahí es donde se llevan el disgusto, que no existen príncipes azules ni princesitas, que la pasión es algo químico que viene a durar, como mucho, dos años, que el amor se acaba cuando empieza la convivencia, las malas caras, la hora de tener que lavarle los calzoncillos o soportar a tus suegros, para los que nunca eres lo suficientemente bueno para su vástago.

Y ahí es cuando descubres que después del The End de las películas, eso que no nos cuentan las historias de Brad Pitt ni Julia Roberts es cuando él viene de mal humor del trabajo y lo paga con ella, de ese día que ella se descubre llorando en el baño y maldiciendo el día que le conoció a él, de las facturas que se acumulan y de lo fácil que es que se esas cuatro letras dejen de tener ningún significado.

Quién de ustedes no estuvo en su momento detrás de aquella persona tan especial de la que no podía olvidarse ni de día ni de noche. Rondándola durante semanas, meses o incluso años. Aquella época de nuestra vida, por muy ñoña que nos parezca ahora, hay que reconocer que la vivimos con intensidad. Un beso de la chica o chico por el que suspirábamos significaba más que ninguna otra cosa. Implicaba un estado de euforia que duraba durante horas, y que compensaba el nerviosismo previo, las dudas y las comeduras de cabeza.

Con el paso de lo años ¿qué queda de todo eso? Probablemente nada. Somos conscientes de que un matrimonio, de media, dura menos que una lavadora, y que, a veces, a pesar de que no hay sentimientos, es mejor estar con alguien que solo, aunque sea por recibir un abrazo o una muestra de cariño que nos alivie de la crueldad y los problemas del día a día.

De momento mi primo tiene 19 años, la vida por delante y la posibilidad de equivocarse y volver a empezar mil veces. Si el amor de juventud, ese que no tiene color ni punto de comparación con lo que se experimenta cuando se va perdiendo la inocencia y nos vamos haciendo maliciosos, calculadores y egoístas, es un mal, se trata de un mal que se cura con la edad. Quizá sea mejor que sufra y disfrute de él ahora que aún puede. Dentro de poco se dará cuenta que los besos no saben a nada, que un problema amoroso es un grano de arena comparado con la montaña que suponen los problemas de verdad y que Ismael Serrano acertó de lleno cuando, en una de sus canciones, dice que el amor es eterno mientras dura.

~ por Eder Barandiaran en Enero 3, 2008.

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