El mejor argumento para no considerar al 17 de septiembre como día de Melilla es decir que jamás ha sido considerado como tal, en ninguna época histórica de los largos 5 siglos de historia española de nuestra ciudad. El 17 de septiembre no ha significado nada en la historia de Melilla.
Es sólo una oscura efeméride militar perdida en la noche de los tiempos.
Ninguna celebración, ninguna conmemoración relacionada con ese día se encuentra en los anales de la historia melillense, ni en libros, ni en hemerotecas. Como máximo se localizará una misa de acción de gracias o a veces ni siquiera eso.
Entre otras cosas porque nada es seguro, ni la llegada a las costas africanas de los soldados de Medina Sidonia en la fecha pretendida, ni que desembarcaran en una sola noche (algo ya refutado por análisis históricos recientes), ni siquiera que llegaran a Melilla en 1497 (lo más probable es que lo hicieran en 1496), y mucho menos que Pedro de Estopiñán, un contable, dirigiera una expedición militar y fuera el primer alcalde de Melilla. No existe un solo documento firmado por Pedro de Estopiñán como alcalde de Melilla o relacionado con la conquista. Ni en Melilla ni en los Archivos Ducales de la Casa de Medina Sidonia.
Con los acontecimientos históricos ocurre a veces una extraña paradoja y es que lo que en un principio es un acontecimiento difuso se va convirtiendo en más nítido con el paso del tiempo, de modo que pasados cinco siglos, es posible asegurar que Pedro de Estopiñán estuvo en Melilla, que la ciudad estaba absolutamente abandonada, y que una flota de al menos 30 barcos, cargados con 5000 hombres (soldados, artesanos, albañiles), caballos, munición de guerra, cañones, cal, madera, víveres, armas, ladrillos, desembarcaron en perfecto orden, uno tras de otro, de noche, sin que nadie de los alrededores se diera cuenta, en “La ensenada de Los Galápagos”.
Todo un prodigio que aun hoy es imposible de llevar a cabo en nuestra ultramoderna “Estación Marítima” en donde no se ha conseguido siquiera que dos barcos atracaran a la vez.
El 17 o el invento de Amalio Jiménez
Entre 1496 y 1860 nadie tuvo un respiro para celebrar el día de Melilla. En los cuatro primeros siglos de historia de nuestra ciudad, las condiciones de vida fueron tan hostiles, tan infrahumanas, que si alguien rememoraba esa fecha era para maldecirla. Hay al menos 10 ocasiones históricas en las que la ciudad estuvo a punto de ser reconquistada por el Reino de Fez y al menos una en la que los pocos y atormentados españoles, comandados por un clérigo, estuvieron a punto de rendir la ciudad y poner fin a la pesadilla de la ciudad presidio. En esos 400 primeros años nadie celebró jamás el 17 de septiembre.
Tras los acuerdos con Marruecos en 1860, los melillenses estaban tan felices de poder pasar al fin de lo que hoy es la plaza de España, y pisar la zona del Parque Hernández sin que les pegasen un tiro, que nadie reparaba en que todo se había iniciado en una fría noche de septiembre, probablemente “con viento de levante”.
El mito de la “rex nullius” (la tierra de nadie) y la historia española se fraguó con el franquismo, siendo su artífice el alcalde franquista Mir Berlanga, pero siempre con posterioridad a la independencia de Marruecos en 1956.
Francisco Mir Berlanga se inventó todo, el mito de la conquista, la definición de la fecha, la cronología de alcaides de Melilla con Pedro de Estopiñán abriendo la lista. Lo que no cuadraba dentro de la historia española se eliminaba. La desaparición cuasi absoluta de restos y antecedentes árabes y amazighs de la ciudad de Melilla se dio entre 1956 y 1970.
Aun así, en este periodo tampoco se declaró festivo el 17 de septiembre, aunque ya obviamente sí se conmemoraba la efeméride. En esta etapa histórica era más conmemorativos el cumpleaños del Generalísimo o el aniversario de su exaltación a la jefatura del Estado.
En los inicios de la etapa democrática quedaba apenas un resto festivo, con reparto de bocadillos y refrescos en la plaza de España, que fueron definitivamente eliminados con el alcalde socialista Gonzalo Hernández.
Sin embargo, a mediados de los ochenta resurge el PNEM (Partido Nacionalista de Melilla) con el comediante Amalio Jiménez como presidente y empieza a organizar “la noche de la luces”, que a modo de cofradía religiosa, se congregaban en las cuestas de La Alcazaba con velones y cirios encendidos y vino, permanecían en vigilia conmemorativa durante toda la noche del 17 de septiembre.
Las elecciones de 1991 otorgaron al PNEM la llave de la gobernabilidad y exigieron en el pacto, que se instaurara el 17 de septiembre como día de Melilla. Este y no otro es el origen de la celebración, milenaria y antiquísima como el mundo, de tan magna efeméride.
PD: Como ejercicio propongo el análisis de la hemeroteca del 17 de septiembre entre 1993 y 1997. Con la Unión del Pueblo Melillense boicoteando permanentemente la efeméride y reventando la más importante de todas, la del V Centenario, que celebró Ignacio Velázquez en absoluta soledad. Son curiosas las declaraciones de la UPM de entonces sobre Mariano Rajoy, único ministro presente: “Sólo nos mandan a un ministro de 2ª fila”.
El Faro / 13 de septiembre de 2009 / Enrique Delgado