Los que dicen que la belleza está en el interior no son del todo exactos. Brujas está más bien en la costa, a unos 90 kilómetros de Bruselas… ¿Qué bien traído, eh?
¿Eres romántico? ¿sí? ¿pero cuánto? ¿muy, muy romántico? ¿Eres tan dulce que cuando estás con un diabético le generas hipoglucemia? ¿Sí? Pues Brujas te va a encantar. ¿Cómo? ¿que si a mí me gustó? ¿que si yo soy romántico? Pues no sé, sobre este tema me pasa como a la Duquesa de Alba, me cuesta pronunciarme. Pero no hablemos de mí, sino de esta bella ciudad belga.
Muchas veces me he dicho a mí mismo: si la respuesta es el amor, ¿cuál es la pregunta? La pregunta es ¿por qué estás siendo tan moñas con este post, eh Eder? Pues porque Brujas es la ciudad del amor, la Venecia del Norte, el lugar donde los enamorados suspiran y sueltan el aire que les sobra pensando en la persona que les falta.

Siguiendo el método Stanislavski, me he metido en la piel de un romántico, de un enamorado del amor para relatar el trayecto por esta ciudad, aunque no se equivoquen, lo cortés no quita lo caliente…
Ehh… un segundo, me llaman al teléfono… Vale, eran mis productores, diciéndome que corte el rollo y que si quiero ser romántico lo haga en mis horas libres, que cobro una pasta por ir de tío duro, insensible e inalcanzable y que las condiciones que mi contrato me exige y que yo firmé están más que claras…
Bueno. Vamos al lío, que tengo a una supermodelo esperándome en mi habitación a que acabe este post. (guiño, guiño a mis productores).
No sé cómo sería Brujas antes del apagón analógico, pero a día de hoy cuenta con muchos canales por toda la ciudad y numerosos puentes. De hecho, entre 27 y 1.500, en función de si le preguntas a la Delegación del Gobierno o los manifestantes.
Llegamos a Brujas, y un precioso día nos recibe. En la plaza principal hay situados varios puestos aquí y allá en los que venden vino caliente, cervezas, salchicha, adornos navideños, gorritos y todo tipo de prendas. Pero una bella joven rubia de tez muy blanca y rasgos dulces llama mi atención. Hay una pista de hielo y ella, cual ángel, patina y hace piruetas.
Salta aquí y allá, gira sobre si misma y el público -transeúntes como yo, que se han parado a ver sus gráciles habilidades y su belleza germánica- hace vítores y aplaude. “Es el momento de mostrar mis habilidades”, pienso, y espero a que termine sus piruetas para acercarme a ella y seducirla con mi carisma personal.
Pongo la mejor de mis sonrisas y me presento. Para mi sorpresa, me mira a mitad de camino entre la indiferencia y el tedio.
Opto por ser directo:
-Tú pones el cuerpo y yo me encargo del delito, ¿qué te parece?
No voy a aburriros con detalles. Sólo deciros que las mujeres belgas son muy frías y quizá no entienden la forma de ser de los latinos.
Vuelvo hasta el grupo, que me están esperando mientras observan la escena y me preguntan cómo ha ido. “De cerca no es tan guapa”, les digo.
En fin, ¿por dónde iba? Ah, sí, comemos en un bonito restaurante que se encuentra allí mismo, en la plaza. Un precioso local de dos plantas, donde nos sirven un plato con una rodaja de jamón y otro plato con dos hojas de lechuga y un trocito de carne.
Llamo al camarero y le digo que sí, que la muestra me ha gustado y que, cuando quiera, puede proceder a servir la comida. No parece entenderme, porque me retira los platos pero no pone unos nuevos llenos de comida. En ese momento agradezco haber comido varias salchichas y cervezas en los puestos de la plaza antes de acudir al almuerzo.
Hasta ese momento siempre creí que desorden alimenticio era comer el postre antes que el primer plato, pero empiezo a pensar que si sigo mucho tiempo en Bélgica voy a acabar desnutrido.
Para olvidarnos del hambre, damos una vuelta por la ciudad, atravesamos puentes largos, puentes cortos, puentes altos y puentes bajos, puentes modernos y puentes antiguos. Ahora entiendo que el país se mantuviese neutral en las grandes guerras. Hubiese sido imposible conquistar una ciudad con tantos puentes y a los hechos me remito, hay películas para contar cada hazaña bélica que supuso conquistar un puente: Un puente muy lejano; El puente sobre el río Kway… hubiesen tenido que hacer un subgénero específico para relatar la conquista de cada uno de los puentes.
Una vez terminado el recorrido, nos dejan una hora para andar por nuestra cuenta y comprar lo que consideremos. Brujas es una ciudad muy turística y tiene calles llenas de establecimientos de todo tipo. Así que, allí me encontraba yo, cuando de repente me di cuenta de que estaban intentando robarme. “¡Policía, policía!”, grite yo, y rápidos como el viento una pareja de agentes llegó allí.
Entended que la tensión del momento era mucha y que no recuerdo las palabras exactas de la conversación, pero no debió de ser muy diferente a ésta:
La policía: -”¿Qué sucede joven apuesto y con evidente clase y buen gusto?”
Bueno, vale, quizás he decorado un poco el diálogo, venga va:
La policía: -¿Qué sucede?
Yo: -Están intentando robarme
La policía: -¿Quién? ¿dónde?
Yo: -Pues, en esta tienda, ¿es que no lo ven? ¡miren que precios! ¡Es un robo!
Para mi sorpresa, no sólo no detuvieron al dueño de la tienda, sino que me amonestan. Compruebo cómo las causas justas siempre son defendidas por héroes en solitario, pero juro no resignarme.
Entro en la tienda de enfrente y veo que es una pastelería. Compro 15 monedas de chocolate, 12 cajas de bombones, 12 tabletas de chocolate del 70% de caco, 6 cajas de praline, 4 casitas de chocolate y media docena de paquetes de bombones de chocolate con leche. “¿Y eso, Eder?”, me pregunta un compañero que me ve salir con dos bolsas llenas. “Ya, es que no soy muy goloso”, le explico.
La noche ya ha caído, las tiendas cierran y el frío de diciembre se deja notar. Como almas en pena, callados, cansados y cargados con bosas de todo tipo de compras nos retiramos hasta el autobús.
Una cosa curiosa es que los baños en Bélgica son de pago. De camino al bus, hacemos una parada en uno de ellos. La chica de la entrada, me abre la puerta, mientras me llama “señor”. Me gusta cómo suena, cuando me lo dicen si añadir detrás “está usted montando una escena”.
En el autobús, caigo dormido como los niños, y me paso todo el trayecto de vuelta a Bruselas sumido en un profundo sueño… ni por un momento me imagino las aventuras que aún me depara la aventura belga…
CONTINUARÁ




















